sábado, 13 de octubre de 2007

ARTÍCULO DE DIVULGACION SOBRE LA IMAGEN DE LA MUERTE COMO TEMA DE MEDITACIÓN

Artículo publicado en: Hernández-Pozo R. (2004) La imagen de la muerte como tema de meditación. El Buscador y sus caminos, número de Enero, Vol. 15, 1, pag. 2-6. Tema : Psicología y Zen

LA IMAGEN DE LA MUERTE COMO TEMA DE MEDITACIÓN
PARA EL DESARROLLO ESPIRITUAL

Rocío Hernández Pozo
Proyecto Aprendizaje Humano, UNAM Iztacala, México

La imagen de la muerte como tema de meditación es un lugar común para los practicantes de diferentes corrientes espirituales. En el budismo clásico, el descubrir que en la vida hay sufrimiento, dolor físico y psicológico, constituye propiamente el principio del camino del despertar espiritual. Todos experimentamos en alguna medida el dolor, pero no todos queremos indagar sobre su naturaleza. El que algunos decidamos o no hacerlo es un asunto de suerte, o como dirían los textos tradicionales, es un asunto kármico, esto es depende de las virtudes que hayamos cultivado con anterioridad, o así nos gustaría pensarlo. La segunda parte del camino del despertar espiritual consiste en descubrir que existe una forma de parar o poner un alto al sufrimiento y al dolor y que el secreto está en la forma en que nos aproximamos a nuestra realidad cotidiana. Si creemos que los fenómenos, personas y objetos que nos rodean tienen una naturaleza permanente, esto nos genera una forma particular de percepción de la realidad, una percepción convencional, por cierto, compartida por muchos, conducente a crear apegos y ser muy vulnerables a sufrir por esos apegos. Si vemos nuestro entorno como algo permanente y perdemos algo que nos gusta, con frecuencia nos pasa que no acabamos de entender la razón por la cual nos pasó a nosotros el perder a ese ser amado, o perder un objeto que atesoramos o perder el amor por nuestro trabajo o por nuestro prójimo. Por otro lado podemos transitar por nuestra vida como fantasmas hambrientos, siempre insatisfechos, envidiando lo que tienen nuestros amigos y sin apreciar en su justa medida lo que llega a nuestro camino. En cualquiera de estas circunstancia lo que se genera es disgusto, disgusto por perder algo positivo, o disgusto por no haber tenido algo que anhelamos, ese disgusto o si queremos llamarlo así, ese dolor psicológico, a su vez puede convertirnos, por el tipo y calidad de las interacciones sociales que tenemos, en seres indeseables para los demás.

Como decíamos antes la segunda parte del desarrollo espiritual consiste en descubrir que hay un modo de parar el sufrimiento y dejar de ser fantasmas hambrientos que se quejan de su suerte o ávidos y ciegos zombies que no se dan cuenta de las oportunidades que se cruzan por su camino. El descubrir que si existe un modo de parar el sufrimiento, es un descubrimiento trascendental, es una oportunidad de oro y en realidad está al alcance de la mano de cualquiera que se quiera tomar el trabajo de explorarla. La solución al sufrimiento y al dolor en pocas palabras consiste en contemplar la impermanencia directamente, sin intermediarios, pero esa aventura puede asustarnos porque implica dejar nuestro espacio habitual de vida convencional.

Existen varios métodos para comprender la impermanencia. Hay métodos austeros, métodos de excesos y métodos del justo medio. El método del justo medio a veces se puede valer de dosis pequeñas de los otros dos métodos, especialmente si el practicante está atorado en uno o en el otro, por su historia de condicionamiento particular. Esta comprensión de la impermanencia a la que hago alusión no es una comprensión intelectual, sino que es una comprensión vivencial, que nos transforma la vida. Puede ser gradual o súbita, pero de cualquier forma deja una huella indeleble en nuestro ser, tan profunda, que no es posible ocultarla y los demás la notan y la admiran.

Para contemplar la impermanencia existen varios métodos. Uno de ellos consiste en “parar el diálogo interno”, o como también se le conoce en la jerga castañediana “parar el mundo”. Ese es el primer paso de la técnica. ¿Pero, como se consigue parar el diálogo interno? Por cierto “parar el diálogo interno” también se conoce en la jerga Zen como “tirar el cuerpo y la mente”. Bueno hay técnicas muy sencillas para ello, algunas de ellas se valen de procedimiento físicos moderados como meterse a la ducha fría, o procedimientos físicos severos, como sufrir un trauma mayor, por ejemplo ser atropellado por un vehículo en movimiento. En el primer caso no hay consecuencias graves; ¡el segundo es un caso diferente! Otros procedimientos físicos intermedios, experimentados por practicantes de antaño, consisten en la privación de alimento, la privación de sueño, la privación social, o la privación de estimulación sensorial en general. Es útil experimentar en algún momento de la vida alguno o todos esos tipos de privaciones, aunque sea por un período corto, ya que hacemos que nuestro umbral al dolor físico se incremente y no seamos tan vulnerables a las inclemencias de las circunstancias, como cualquier boy scout lo puede atestiguar.

Un procedimiento tradicional de acallar el diálogo interno es la meditación. La meditación Zen, que es la que he estudiado por algunos años, en los monasterios de Tassajara en Big Sur, California y en el monasterio de Crestone, Colorado, ambos en Estados Unidos, es un procedimiento muy antiguo que se remonta al siglo sexto antes de Cristo y que en su versión moderna, consiste en la práctica de una asana yóguica, que puede ser la flor de loto o del medio loto, sentándose sobre un cojín, por lo general redondo, manteniendo la columna vertebral erguida, sin recargarnos en un respaldo. El ejercicio inicia acomodándonos girando el cuerpo en el eje horizontal y vertical en ángulos de amplios a estrechos, hasta encontrar una posición de alineación central armónica que es muy importante. Si desechamos todas las preconcepciones que podamos tener y nos lanzamos sin ambajes a hacer el ejercicio, es muy fácil callar la mente, simplemente adoptando la posición y al paso del condicionamiento resultante de hacerlo una vez tras otra, tan solo el rotar nuestro cuerpo de la manera antes descrita, nos produce el “alto del diálogo interno”. Si por el contrario hacemos el ejercicio con algún sesgo, o pensando que ya conocemos las diferentes escuelas del Budismo y que hemos memorizado los principios fundamentales del sutra de los 10 Bhumis, o algún tema parecido, lo único que lograremos es mantenernos fuera de problemas mientras dura el período de meditación, pero en realmente no habrá una transformación o un procesamiento del estrés con que llegamos en primer lugar al sitio de meditación. Una vez adoptada la posición corporal procedemos a observar la respiración, por lo general la instrucción inicial que se da consiste en contar las respiraciones del uno al diez y repetir el conteo, sin movernos para nada, hasta que suene la campanita de término del período, que es con frecuencia de 30 a 40 minutos. La experiencia de la mayoría de las personas durante el ejercicio antes descrito es que reportan que durante la meditación llega una serie de pensamientos a la consciencia. Cuando llegan trenes de pensamientos a nuestra consciencia, en realidad tenemos dos opciones, engancharnos y darle rienda suelta a las asociaciones que provocan, alimentándolos con emociones adicionales, o verlos pasar sin engancharnos. Si no los enganchamos, a través de la práctica repetida, podremos acallar el diálogo interno. Esto sucede con una alta probabilidad durante los seshines, que son retiros de siete días, donde el practicante se somete en grupo a un horario riguroso de aproximadamente 12 períodos de meditación al día, interrumpidos por las comidas ceremoniales que se llevan a cabo en silencio dentro del sitio de meditación. Creo que todos los amigos, compañeros practicantes y estudiantes que conozco que han hecho un seshin, sin excepción, le han dado una probadita a la mente no convencional, aún a su pesar y digo esto porque se nota en el brillo de sus ojos al término del seshin, es un verdadero festín de boy y girl scout en la exploración de otras posibilidades de consciencia, aunque no las podamos describir a cabalidad.

En algunos casos, dependiendo de los practicantes se recomienda el uso de frases sencillas durante la meditación en la forma de mantras, gathas o koanes. Un ejemplo de un mantram es “Gata, Gata, Paragata, Parasamgata, Bodhi, Svaha”, que en español se traduce como “Ido, ido, ido a la otra orilla, desembarcado en la otra orilla, ¡Salve!” que es mantram trascendental del Sutra del Corazón, cultivado y recitado por los practicantes de muchos grupos de estudiantes de Zen. Un ejemplo de una gatha o frase de práctica que se dice todas las mañanas en los monasterios al inicio de la meditación es “Ahora yo abro la mente del Buda, una forma más allá de la forma y el vacío, la enseñanza del Tathagatha para todos los tiempos”. Un ejemplo de un koan o cuento paradójico de la escuela Zen puede ser repetir la frase: “en cuanto a la manifestación completa de la gran función, ¿Cómo la llevas a cabo?”, que es el tema del caso de Nanquan mata al gato, recopilada en el Libro de la Serenidad.

También en algunos casos se recomienda el examen de temas particulares durante la meditación, como sería el tema de la muerte o de la impermanencia de los seres vivos, específicamente de los humanos, o aún mejor, nuestra propia muerte. Con una tarea semejante, así sentados en posición de loto, o con cualquier otra posición de piernas cruzadas y espalda erguida, revisamos ¿Qué sería nuestra muerte?, ¿Qué emociones surgen cuando cavilamos sobre esa posibilidad?, ¿Cuál sería la consecuencia para los demás de que muriéramos?, ¿Cómo lo lamentarían nuestros seres queridos y posiblemente cómo lo celebrarían los seres no tan queridos?. ¿Que sería lo que más nos dolería dejar? y ¿Qué sería a lo que más temeríamos al enfrentarnos a otra dimensión?. Así todo lo que hemos aprendido lo podríamos aplicar en esa nueva exploración de lo desconocido. Suena como una singular aventura, especialmente si la aceptamos con plena decisión y en una situación más o menos voluntaria, con entereza y en el pleno goce de nuestras facultades. Con frecuencia cuando hacemos esta meditación sobre la propia muerte, en un ambiente propicio de grupo de meditación y con un maestro a quien podamos recurrir, el efecto que se produce es de crecimiento, un estado neutro, que se aprende a cultivar y que se puede llamar casi a voluntad en diferentes ocasiones. Esto suena fácil, pero hay que sudar para lograrlo, muchas veces los practicantes pasamos por estados de tristeza, llanto, sollozos, o por el contrario de risa nerviosa o cínica; sin embargo, una vez que se ha vaciado el exceso de emociones, que por cierto es finito, aunque como uno se puede imaginar hay diferentes medidas de lo que se denomina finito, grandes y pequeñas, dependiendo de nuestra historia de condicionamiento y de que tanto nos gusta regodearnos en las emociones autogeneradas.

La primera vez que yo practiqué la meditación sobre la muerte fue hace años cuando vivía en el Centro Zen de San Francisco y el Roshi Zentatsu Richard Baker anunció que Gregory Bateson había fallecido. Este destacado filósofo, antropólogo, tercer esposo de Margaret Mead pasó un lapso relativamente corto de agonía antes de fallecer el 4 de Julio de 1980, bajo los cuidados de la congregación de su último sitio de residencia en el Centro Zen en el que yo estudiaba en ese entonces. El Tanto o jefe de práctica de esa época, Reb Anderson, Tenshin sensei, nos recomendó a un grupo de alumnos que fuéramos a sentarnos alrededor del cuerpo de Gregory Bateson, que yacía en una habitación del edificio victoriano que en ese entonces era el edificio de visitantes del Centro Zen de San Francisco, en la calle de Page cerca de Laguna. El cuerpo de Gregory Bateson que tenía entonces 76 años, estaba sobre la cama en que falleció, empezaba a oler mal y yo acudí con varios de mis amigos a hacer Zazen con él. Según varias tradiciones los muertos merodean cerca de sus cuerpos mientras se dan cuenta que ya no pertenecen al mundo de los vivos. Por esa razón se acostumbra efectuar ritos, rezos y procedimientos ceremoniales durante algún tiempo cerca del cuerpo de la persona fallecida, para ayudar a que se percate de su nueva situación. Mis amigos y yo nos sentamos alrededor de la cama en nuestros zafus, o cojines de meditación. El cuerpo estaba por encima de nuestros ojos. Nos sentamos por más o menos dos horas en silencio como guardianes de su partida. Recuerdo que me senté como siempre a hacer meditación, pero pronto empezaron a escurrir lágrimas de mis ojos y después de cierto tiempo empecé a sollozar. En el tiempo que había vivido en el Centro Zen, en realidad había visto pocas veces a Gregory Bateson, una vez acudí a una plática informal que dio en el rancho Green Gulch, donde vivió e impartío varios cursos. Yo había leído sus libros “Mind & Nature” (1979) y “Steps to an Ecology of Mind” (1971) y también se me quedó grabada su tesis sobre “el patrón que conecta”. En el lapso que estuve meditando cerca de su cuerpo inerme de pronto me sorprendí de tomar su muerte tan a pecho, sin haber tenido una cercanía humana real mientras estuvo vivo. Después me dí cuenta que no estaba llorando por él, que si bien fue un señor con una importante carrera intelectual, un pensador agudo de nuestros días, yo en realidad lo había conocido muy poco. Me di cuenta que más bien, yo lloraba compungidamente por mí misma, no por el deceso de Gregory Bateson. Yo lloraba por el dolor de ser yo misma tan efímera y por la sensación de que mi existencia pudiera ser como una tela de organza que se mueve con el aire y se olvida por todos. Ese era el dolor más grande, el sentir que a fin de cuentas, la existencia propia no es otra cosa más que los olanes que pueda hacer esa organza al acariciar lo que pasa a su alrededor mientras la mueve el viento. ¡Qué imagen! La sensación fue súbita, pero también se podría decir que fue el resultado de un proceso acumulativo, gradual. Cuando me di cuenta de porqué lloraba, me sentí llena de fuerza, de una energía alegre y saltarina, capaz de arrostrar todo sin apegos. Ahora después de veintitantos años de esa experiencia me doy cuenta que tan solo fue un “parar el diálogo y ver”, un sámata y vipásana, que ambos, de la mano producen una comprensión corporal trascendente, minúscula o no, no lo sé, pero al fin vivencial e inolvidable.

Una vez que se acalla el diálogo interno, el segundo paso consiste en “ver o darse cuenta”, es como decir, ¡Eureka, le di al clavo! ¡Cómo no me di cuenta antes! Es un descubrir una clave, una solución con nuestro cuerpo y nuestro raciocinio, simultáneamente. El concurso de ambas partes produce un efecto que no se olvida, que el cuerpo no lo olvida, y que es tan delicado y deleitoso, que invita a regresar y a buscar nuevas formas de alcanzarlo. A veces, si tenemos suerte, no lo tenemos que forzar, ni tenemos que sudar para volver a paladearlo, se puede presentar de súbito, sin que lo llamemos y nos pone, sin quererlo nosotros, en nuestro lugar frente a este mundo impermanente del cual tan solo somos un pequeño lienzo de organza que flota con el viento. Otras muchas necesitamos adoptar la posición de Zazen, a solas o en grupo, para paladear la sensación y llevarla con nosotros en nuestro quehacer cotidiano, por un ratito o un rato más largo.

Mi experiencia es que la meditación sobre la muerte ajena o propia, especialmente la última, nos libera, nos hace ahorrar las tonterías, minimizar las conductas mezquinas y egoístas y nos hace ver lo que nos rodea con ojos de niños, con una actitud fresca generosa y creativa. Especialmente cuando hacemos el ejercicio de meditación sobre la posibilidad de nuestra muerte, de la manera antes descrita, vamos familiarizándonos con la forma en que actuaríamos si supiéramos que nos quedan pocos días o pocas horas de vida; en una situación así, practicada, cultivada con esmero, aprendemos a bien vivir, sacamos lo mejor de nosotros y estamos en posición de ofrecer lo mejor que tenemos al mundo.

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